EL VINO Y EL HOMBRE MODERNO I

Ciertamente el vino ya no es en nuestros días, el alimento de primera necesidad que fue en otros tiempos, cuando la alimentaci0n era mucho menos rica y variada. Sin dejar de representar su papel de alimento, continúa siendo la bebida ideal del hombre de nuestra época.

Bebida tónica y viva, además de las sensaciones incomparables que hacen vibrar nuestros hastiados paladares el vino entona a los organismos maltrechos por el ritmo actual de la vida y les prepara para resistir a las agresiones, a las decepciones que nos caen en suerte. El vino responde precisamente a la imperiosa necesidad que le impone la vid actual: la de mantener su espíritu alerta y su cuerpo en forma. Las vitaminas que contiene, por un feliz don de la naturaleza son precisamente aquéllas que le permiten luchar contra la fatiga, el mal del siglo en que rema el maquinismo. El tanino contribuye además a la acción tónica del vino. Los vinos tintos, a causa de su mayor riqueza en este elemento son más tónicos que los vinos blancos y gozan de una facultad estimulante muy marcada. Sus materias tánicas colorantes «tonifican del mismo modo que lo hace la quina» (Gautier).
Es indicado, por tanto, el vino tinto cada vez que el organismo en pérdida de velocidad necesita un estímulo.
La práctica muy extendida en los siglos pasados del «golpe de estribo» bebido antes de subir a la montura probaba bien el valor de este tónico de los músculos y del espíritu, de este dinámico reconfortante, apto para sostener al jinete en sus fatigadoras cabalgatas. A dosis normales, evidentemente, esta acción estimulante del vino absolutamente natural no ha sido jamás seguida de depresión alguna, que es el tributo que se paga por el uso de tantas drogas modernas.
Pero si el vino es un tónico de elección, es también el mejor y más sano de los euforizantes. Siempre el hombre ha buscado, de manera instintiva, para su alimentación, no solamente estimulantes, sino también reconfortantes, para soportar sus preocupaciones, resolver los problemas que le asaltan, luchar contra el ambiente de angustia depresiva, en el cual se debate con frecuencia. El vino vierte en los corazones el optimismo y la alegría de vivir y nos procura además una clara mejora psíquica en nuestros estados de ansiedad.
Tan viejo como el mundo, natural ,inofensivo el buen vino, tomado a dosis razonables ¿no vale más que todas las «drogas de la dicha» y sus peligrosos paraísos artificiales? Es en la euforia de los buenos platos y de los buenos vinos donde se encuentra alegremente y sin esfuerzo el relajamiento que esta de moda que nuestros abuelos conocían tan bien sin haberlo aprendido. Y al menos, no hay necesidad de sill0n de «relax» ni de métodos fastidiosos… ¡Basta la carta de los vinos!
Finalmente, esta euforia comunicativa que el buen vino crea, pemite devolver a la sociedad actual un a acto fraternal y optimista que no hubiera debido perder jamás. En una época en la que las preocupaciones, el agotamiento y el nerviosismo pueblan el mundo de extraños o de enemigos, beber entre amigos ¿no hace renacer los símbolos ya olvidados de la amistad y del calor humanos?.

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