POR QUÉ LA VENDIMIA ES UNA FIESTA

“Esto es muy fácil: hay que hacerlo todo bien y luego esperar que el resultado sea el que se busca”. Sencilla explicación de un viticultor, que añade: “aquí no existe la suerte, bueno sí –rectifica—existe la mala suerte, en cuestiones que no puedes controlar, como el clima”.

Qué duda cabe que la vendimia es uno de los momentos cumbres, delicados, de cara al resultado final, a ese vino que luego disfrutaremos. Han sido meses de labor diaria, desde elegir el momento adecuado para la poda, pasando por los brotes precoces de la primera primavera, el cuidado de la tierra, el seguimiento del crecimiento de racimos, la decisión sobre qué racimos se remueven para ganar en calidad, el oreo de la uva, mucho mirar al cielo, mucho pedir que llueva o que deje de hacerlo, exorcizando tormentas y granizos, calibrando la maduración, pidiendo al sol que caliente más o menos… y ahora lleva la el momento de recoger el fruto.

Lleva la vendimia, que todo lo acelera. No se puede demorar muchos días o se perderá calidad. Hay que hacerlo en el momento justo, porque la uva es delicada, inestable, caprichosa incluso. Entra en juego la estrategia, por ejemplo la que marca la recogida nocturna, un reto para conservar la calidad y para evitar que las personas encargadas de vendimiar sufran en sus espaldas los rigores de un sol agosteño implacable.

Por ese esfuerzo, por esos desvelos y esa tensión acumulada para que la materia prima llegue a las bodegas en su mejor momento (sin materia prima de calidad, ya pueden esmerarse los procesos de fermentación, que aquello no tendrá arreglo) el fin de la vendimia, la vendimia en sí, es una fiesta. La fiesta que supone haber seguido a pie de vid el complejo proceso, en comunión con la naturaleza, no luchando contra ella. Bien lo sabían nuestros antepasados, empezando por los egipcios, que hacían del final de la vendimia y el pisado de la uva un ritual religioso complejo, donde el hombre agradecía a la tierra su generosidad. Y qué decir de las Vinalias romanas, de Dionisio y Baco, del vino como símbolo cristiano de unión a Dios…

No, la vendimia no es una labor más, es un momento cargado de simbolismos, donde pesa, como no podía ser de otro modo, la fecha: estamos en la agonía del estío, y ya llegan los meses de oscuridad, de frío, donde hombres y naturaleza se daban una breve tregua en sus afanes.

Ahora pasaremos al siguiente escalón, la fermentación, el grado exacto de madurez de los caldos, el mimo en cada paso antes de que el vino llegue a la copa.

Hay quien cuestiona la expresión ‘cultura del vino’. En fin. Un proceso que une tradición milenaria, saber humano, unión con la naturaleza, conocimiento de los procesos, esfuerzo compartido, pasión, orgullo… ¿no es cultura?

Hacerlo todo bien. Solo eso. Eso tan ‘fácil’ que hacen cada año los viticultores de la DORG. De ahí esa calidad. De ahí esos sabores que evocan recuerdos, que alientan sueños y disparan gozos. Sorbos de vida. Es muy fácil: hacerlo todo bien y esperar esa recompensa en el paladar.

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